Los escritos de Pablo son ricos en elementos explícitos de experiencia y de doctrina sobre la dinámica espiritual. También es el que plantea las relaciones que median entre el desarrollo humano y la transformación espiritual, por lo que sus enseñanzas ofrecen una buena base de reflexión, dándonos una perspectiva cristiana como comunidad que practica la Oración Centrante.
Pablo nos habla de su experiencia (para mi es muy importante la experiencia de quien da el mensaje) llevó dos veces el recorrido entero hacia la perfección: primero como judío irreprensible según la ley, luego como cristiano que volvía a comenzar de cero (Flp 3). Algo parecido nos ocurre a los que hemos iniciado el camino espirtual (C.E.), si bien no podemos decir que alcanzamos la perfección.
Para ilustrar la evolución o dinámica del C.E., Pablo utiliza imágenes muy variadas. Atleta, soldado, adulto. Otras tomadas del ambiente familiar y acentúan más bien la comunión: esposa, hijo, liberto. Si bien todas son válidas, ninguna es completa. En la convergencia de estas dos líneas de imágenes se sitúa la expresión “adultos en Cristo”, que sitúa la madurez cristiana en la comunión con el Señor. Mayoría de edad no significa independencia sino toma de conciencia plena de la propia condición de hijo de Dios; significa no vivir ya en la esclavitud de los elementos del mundo (Gál 4, 1 ss). En san Pablo se mezclan, bien dosificados, tonos viriles y tonos familiares, que se completan para dar la idea del misterio cristiano: el hombre es tanto más hombre cuanto más está dotado de libertad personal gracias al vínculo con Jesucristo.
En este cuadro se sitúa el texto paulino más completo: Ef 4, 11-16. Dios ha concedido diversos carismas para la edificación del cuerpo de Cristo:
“hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo. Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor”.
Este texto (algo denso) es consonante con nuestro andar, y creo podemos aprovecharnos de su enseñanza:
- dejar de ser niños,
- hacerse hombres adultos,
- alcanzar la talla de Cristo.
Se ha enfatizado siempre la doble dimensión de este crecimiento, en la fe y en la caridad. Pero no se ha atendido debidamente otro aspecto que figura en el texto en primer plano: la conexión entre el desarrollo personal y el crecimiento del cuerpo místico. El cristiano va madurando en fidelidad a su carisma eclesial y la iglesia va madurando en conexión con las fidelidades individuales.
Todo esto supone tiempo y compromiso. La vida cristiana no es solamente conversión y bautismo, sino existencia prolongada y proceso de conformación al misterio de la muerte y resurrección del Señor. En sus reproches a las comunidades Pablo hace intervenir el factor tiempo. Después de tantos años de bautismo no se explica que haya que seguir tratando a los bautizados con un tono de condescendencia propio de quienes están dando sus primeros pasos en la fe (1 Cor 1, 1-3; Heb 5, 12 ss).
La edad adulta cristiana de la que habla san Pablo comprende características de madurez psíquica. En sus listas de virtudes cristianas destacan aquellas virtudes que tienen implicaciones en el plano psicológico y en el de las relaciones personales (Col 3, 12-17; Flp 4, 8; 1 Cor 9, 24 ss). Los síntomas de inmadurez que se echan en cara a los cristianos “niños” son también manifestaciones de infantilismo psicológico: inconstancia en los compromisos asumidos, valoración de las cosas según los gustos y caprichos; curiosidad por las últimas novedades, etc.
Está claro que el cristiano adulto de san Pablo no es una persona autosuficiente; es adulto precisamente en la medida en que se hace independiente de la concupiscencia y de la historia como fuerza mundana, en que se adhiere a Cristo y se deja guiar por su Espíritu. Pero esto no está en contraste con la infancia evangélica: “Hermanos, no seáis niños en juicio; sed niños en malicia, pero hombres maduros en juicio” (1 Cor 14, 20).
Paz y bien
e. (M.U.)
Interesante…